Escuché todo a mi alrededor cuando hiciste ese silencio. Vi cómo se asomaban tus lágrimas, pero trataste de no mostrarte vulnerable conmigo; apretaste la mandíbula y me miraste fijamente. No me desafiabas a mí, sino a esta obstinada sensación de darle la razón a la tristeza. Si tan solo yo fuera tan valiente como tú, mi niño. Yo sí tuve que derramar una lágrima por ti, para que nunca tengas que llorar solo. Quiero que sepas que siempre seremos la corriente del río, y cuando el flujo de los días nos abruma, sentimos la necesidad de volvernos una tormenta que contenemos en nuestro frágil corazón, hasta que termina por desbordarnos. Y es entonces cuando nos llega el caos.
Te dije un par de cosas más y, en mis últimas palabras, noté algo que me dejó tranquilo: vi cómo tu miedo desapareció. Porque cuando necesites inundar el mundo, estaré ahí para susurrarte al oído que no hay nada que temer; estamos juntos en este diluvio.
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